¿Racializadas? Racializadas en negativo

En este texto, Karlos Castilla-Juárez reflexiona sobre el término que suele ocultar la jerarquía: mientras unos son racializados en positivo (privilegio), otros lo son en negativo. Visibilizar ambas caras puede ser una clave contra el racismo.

Desde hace algún tiempo, hablar de personas racializadas se ha vuelto común en muy diversos ámbitos, desde el activismo, pasando por la academia y las instituciones de gobierno e incluso en los medios de comunicación. El término sirve para referirse o identificar a personas que, por regla general, no somos de piel blanca o tenemos un origen étnico o fenotipo que no se puede asociar directamente con dicho color de piel y otros rasgos faciales asociados al mismo.

Aunque se han dado algunos debates respecto al uso y contenido del término, no siempre con acuerdo, su presencia se ha generalizado. Incluso, ha habido posiciones que reivindican el uso y la apropiación del término como un triunfo en el relato político para la autoidentificación, como una palabra de unión entre personas con determinadas características personales, un término común para articular alianzas o como una forma de volver a nombrar esa racialización que se niega o se esconde en nuestras sociedades.

Aunque todo esto último es en parte cierto[1], el hablar de personas racializadas, sin mayor matiz, para identificar lo que ha ocurrido con unas personas y no con todas, deja de lado parte muy importante de lo que fue, ha sido y es la racialización de los seres humanos: todos hemos sido racializados, pero no todos fuimos ni somos racializados de la misma forma.

Derivado de procesos históricos de colonización, pero no únicamente de estos, todos los seres humanos hemos sido racializados para colocarnos en una escala social o incluso sociológica que buscó romper con la igual dignidad de todos los seres humanos.

Por regla general, las personas de “piel blanca” han sido racializadas en positivo, colocándolas en la cúspide de esta escala. En tanto que, quienes no cumplimos con esta característica personal de “blanquitud” hemos sido racializadas en negativo en distintos niveles y escalas, colocándonos según nuestro origen étnico, color de piel u origen nacional en las posiciones más bajas de dicha escala.

Y esta situación, no es menor. Porque si con el lenguaje cotidiano se pierde de vista que, desde su origen, unas personas fueron racializadas en positivo y otras racializadas en negativo, se oculta parte de esa jerarquía socialmente construida, se muestra a quién ha sido oprimido o perjudicado por unas determinadas características personales en el proceso de racialización, pero no se nombra ni siquiera indirectamente a quien se ha beneficiado de ese mismo proceso. Con lo que el bulo de la “raza” y la “racialización” queda una vez más en la parte de la sociedad que ha recibido la opresión, mientras que abstrae de ese proceso a quienes han sido beneficiadas y obtenido privilegios[2]. De ahí que haya resultado tan fácil y aceptada la diseminación del término racializadas en muy distintos ámbitos, porque se oculta lo más grave y perjudicial de la racialización: la jerarquización, la estigmatización, la presunción de poca civilización, es decir, que siempre tiene dos caras, dos escalas principales.

El bulo de las “razas humanas” como clasificación rígida y jerárquica surge en la Edad Moderna, cuando se combina la expansión colonial con el desarrollo de la ciencia clasificatoria europea, principalmente entre los siglos XVII y XIX. Naturalistas como Carl Linnaeus (siglo XVIII)[3] y posteriormente Johann Friedrich Blumenbach (finales del siglo XVIII)[4] propusieron sistemas de clasificación basados en rasgos físicos como el color de piel, la forma del cráneo o el cabello. Estas categorías, que pretendían ser científicas, estaban influenciadas por prejuicios culturales y jerarquías sociales, y fueron utilizadas para justificar la esclavitud, el colonialismo y teorías de superioridad racial, como las desarrolladas más tarde por Arthur de Gobineau (siglo XIX)[5] . Y aunque hoy en día, la ciencia —especialmente la genética [6] — ha demostrado que las “razas humanas” no tienen una base biológica sólida, sino que son construcciones sociales sin fundamento científico real, esas clasificaciones y jerarquización han permanecido casi inmutables en nuestras sociedades, al haber sido el medio de categorizar a los seres humanos durante siglos.

Si en lugar del pigmento en la piel, la racialización (jerarquía, belleza, inteligencia, liderazgo, supremacía) se hubiese establecido por la altura —otro rasgo personal que se hereda y está controlado en un 80% por los propios genes—, además de parecernos absurdo hoy en día, haría necesario para explicarlo en toda su dimensión hablar de quien mide 1,20mts. como de quien mide 2,10mts. y alturas intermedias, para establecer quién se vio beneficiada y quién perjudicada en esa arbitraria designación o concesión de respeto, estatus, honor, atención, privilegios, beneficio de la duda y presunción de bondad humana.

Aún más, es importante nombrar la racialización en positivo y negativo, porque hoy en día hay muchas personas que no son racistas en el “sentido clásico”, es decir, no odian o actúan abiertamente en contra de un grupo o persona determinado por algunas de sus características personales; no obstante, sí en su imaginario interno e incluso subconsciente, son incapaces de eliminar esa jerarquía, esos estereotipos, ese rol social que se asigna a determinadas características personales. Porque ninguna categoría étnica o racial es inmune a los mensajes que recibimos en relación con la jerarquía, nadie escapa a sus consecuencias estigmatizadoras.

La invisibilidad de la racialización en positivo y negativo, simplificándolo en un término que oculta la categorización (racializada), poco ayuda a desmontar en su esencia ese poder, permanencia y longevidad del racismo en todas sus formas. Sólo nombrando directa o indirectamente las dos caras de la racialización (sin olvidar sus demás jerarquías internas, porque dentro de la racialización en negativo y positivo también las hay) se podrán intentar desmontar las instrucciones que hemos incorporado en relación a quién debe estar en un lugar y realizando tal o cual labor, quién nos parece normal que sea identificado por la policía en un aeropuerto o en la calle, quién puede ser poseedor de un conocimiento considerado relevante.

Hablar de personas racializadas en negativo permite, a su vez, la incomodidad de que las personas racializadas en positivo tomen conciencia de los privilegios que recibieron en ese proceso de racialización, de que todos y todas somos parte de ese proceso, pero sólo unas seguimos cargando la parte negativa que se asignó al pigmento en la piel, el fenotipo, la etnicidad y otros rasgos fáciles asociados.

Es cierto que el término racializadas en negativo es “muy” largo en este mundo de la brevedad e inmediatez comunicativa, pero bien vale, por las razones antes expuestas, “gastar un poco más de palabras” en discursos, noticias o documentos, cuando lo que se tiene enfrente es un larguísimo proceso de más de cuatro siglos de categorización humana.

Notas:

[1] Una de las principales críticas del término racializadas tiene que ver con el hecho que invisibiliza u homogeniza la gran diversidad que hay entre las personas y colectivos que se pueden incluir en dicho término y, por tanto, invisibiliza a personas o grupos más oprimidos históricamente en determinadas regiones del mundo. Situación que no es menor y que también se tiene que tener presente en la propuesta que aquí se desarrolla. 

[2] Con el uso del término racializadas se ha llegado al absurdo de decir, para referirse a las personas racializadas como blancas, que no son racializadas. Cuando lo son, porque si no, no se entendería todo ese proceso, sólo que lo han sido en positivo, han sido las beneficiarias del proceso. Tan beneficiarias que, como se observa, se les borra de ese proceso.

[3] Dividió a la humanidad en cuatro grandes grupos en su obra Systema Naturae: europeus (europeos, de piel clara), asiaticus (asiáticos), americanus (pueblos originarios de América) y afer (africanos). Además de rasgos físicos, les asignó características de personalidad, lo que reflejaba fuertes prejuicios culturales.

[4] Amplió la clasificación a cinco “razas”: caucásica (europeos y algunos pueblos del oeste de Asia), mongólica (Asia oriental), etíope (África subsahariana), americana (pueblos indígenas de América) y malaya (sureste asiático y Oceanía). Blumenbach es importante porque popularizó el término “caucásico”.

[5] No creó una clasificación tan detallada como los anteriores, pero propuso tres grandes grupos: blanca, amarilla y negra. En su obra “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” sostuvo que existen diferencias innatas entre razas y que la “raza blanca” es superior y que la mezcla racial provoca la decadencia de las civilizaciones.

[6] En el año 2000 se completó un mapa genético a partir del cual se estableció que las personas somos un 99,9% idénticas, tras analizar por décadas el genoma humano.

Karlos Castilla-Juárez

Profesor del Máster/Diplomado Interuniversitario en Migraciones Contemporáneas. 
Abogado por la Universidad Nacional Autónoma de México, doctor en Derecho por la Universitat Pompeu Fabra
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